CALLEJON SIN SALIDA (III)
CHOOSE ME !!!
Hace unos pocos años, cuando yo aún no residía en esta ciudad oscura y desasosegante a la que me ha traído mi profesión, me apareció en el buzón, entre otra correspondencia de escaso interés, un sobre de color anaranjado y tamaño folio que, por desacostumbrado, llamó mi atención. En el ascensor intenté rasgarle la solapa pero con la cartera, el bolso, el paraguas y el abrigo me resultó imposible. Sí pude, sin embargo, fijarme en que no había remitente. Más interés. En cuanto abrí la puerta de mi piso dejé todos los bártulos en el perchero y la cómoda, cogí el abrecartas de la mesa de trabajo y me senté en el sofá. Confieso que un poco nerviosa, corté la solapa de cierre y extraje el contenido. Eran unos cuantos folios mecanografiados –la irregularidad de las letras mostraba con claridad que habían sido escritos al estilo antiguo, con una máquina de escribir− que llevaban una pequeña nota a mano, cosida al primero con un clip. No había nada más. Pensé que podía tratarse de algún alumno de la Facultad, pero me resultaba extraño porque nadie sabía dónde vivía yo −o eso creía− y no estaba esperando ningún trabajo, y menos en el buzón de mi casa.
Presa de gran extrañeza comencé a leer la nota: “Hola, Alicia” … yo no me llamaba Alicia. Inmediatamente giré el sobre para comprobar la dirección –estaba claro que alguien se había equivocado−. “Alicia Vázquez”, y debajo mi dirección exacta, con el distrito postal y la ciudad correctos. Me quedé en blanco. Se me ocurrió pensar que estaría dirigida a alguno de mis vecinos o a la señora que me había alquilado la casa… pero no, no había entre ellos ninguna Alicia. Estupefacta y sin saber qué hacer decidí leer la nota para ver si encontraba alguna pista sobre esa misiva sin remitente y con una dirección equivocada escrita con tanta exactitud.
“Hola, Alicia. Por fin me he decidido a escribir la historia que tantas veces me has pedido −no sé si para exculparte tú o para inculparme aún más a mí−, exponiendo mi vivencia de aquellos lejanos hechos en que tú tomaste parte y que nos separaron definitivamente. No he podido evitar darle forma literaria –gajes del oficio de novelista− y me he tomado la libertad de cambiar los nombres –menos el mío, ya no me importa− pero nos reconocerás a cada una. Tú verás qué haces con ello. A mí ya me da igual”.
Firmaba escuetamente “S.H.” siglas en las que la “S” ha de corresponder, forzosamente, a “Sonia”, como se verá. La “H” me es desconocida pero supongo que será la inicial del apellido de la tal Sonia.
Era un tono desabrido, dolido, el tono de quien no ha conseguido olvidar, perdonar ni superar algo, aunque tal vez viva pensando que sí lo ha hecho –o tal vez no−. El escrito no era para mí y no debería leerlo, pero tampoco sabía qué hacer con él y mi curiosidad, que había ido en aumento, comenzaba a picarme demasiado, así que me calé bien las gafas y sin descalzarme tan siquiera, comencé a leer.
El escrito llevaba por título “Choose me!”, en inglés, aunque estaba redactado en castellano. Perfectamente podía haberse titulado “¡Elígeme!”, que es lo mismo en español, pero la autora, por razones que no he alcanzado a intuir, prefirió darle ese tono tan… digamos … british. Quizás, como se apunta en la nota, Sonia sea una novelista famosa y su oficio la venza aun en asuntos tan delicados como el que describe. Yo, por mi parte, no conozco a ninguna novelista llamada Sonia H. aunque eso puede no significar nada, pues no soy especialista en el tema –lo mío es la Macroeconomía− y, además puede ocultar su identidad bajo un pseudónimo. Creo que es habitual.
Estos son los hechos relatados en el escrito. Juzgad vosotros.
… … … …
Sonia, Raquel y Amaya. Son las tres únicas amigas que, de momento, han sobrevivido a los tifones de la adolescencia. Antes eran muchas más, doce o catorce, todas amigas inseparables que crecieron juntas desde la Ikastola, que pasaron horas interminables hablando y hablando, cara a cara cuando podían y, si no, a través de las incipientes redes sociales que les tocaron vivir: el Messenger y después el Tuenti. Son millones las fotos que se hicieron y enviaron unas a otras con gran alborozo. Juntas empezaron a hablar de chicos, juntas se disfrazaron y salieron en aquellos ya lejanos Carnavales que hicieron historia, juntas prepararon la primera noche fuera de casa, juntas soñaron con hacerse mayores, juntas se prometieron amistad eterna ¡tantas veces!, juntas alquilaron la primera lonja, juntas, juntas, juntas… siempre juntas.
Pero la vida tiene, al parecer, sus leyes y, hoy por un chico, mañana por un malentendido, pasado por una traición real o imaginada, al otro por un cambio de Instituto o de intereses, y al siguiente ¡sabe Dios por qué!, el grupo de las inseparables terminó disgregándose en varios grupos más pequeños o pasaron a formar parte de otros nuevos. Amaya, Raquel y Sonia son las únicas tres que quedan del grupo original. La suya es ya una amistad de largo recorrido y, como todas las amistades así, ha tenido sus épocas dulces y sus crisis, profundas algunas, que han ido tallando el diamante de cuyos brillos ahora disfrutan. La suya es una amistad consolidada.
La última aventura de las tres amigas, aventura que ha puesto a prueba la solidez de su amistad, ha ocurrido este mismo fin de semana.
Amaya está estudiando en la UPV y trabaja en un Centro Social para minusválidos. Raquel ha dado algunos tumbos desde que acabó el Bachillerato, y ahora ha empezado peluquería, aunque sin mucho entusiasmo. Sus hermanos mayores están ya instalados en la vida, pero a ella, tal vez por rebeldía, porque todo el día le están martilleando «Mira tu hermana Andrea», «Mira tu hermano Juantxo», eso es lo que menos le apetece. Aún tiene que pensarse mucho qué espera de la vida y qué quiere hacer. Cursar peluquería es sólo una forma de ganar tiempo sin tener que esforzarse mucho, y distraer a los de casa.
Sonia decidió ir a estudiar Veterinaria a un centro privado de Teruel. Es una chica muy maja, tan dulce y cariñosa que quien la ve, la quiere. «Tenéis una hija que es un sol», les decían a sus padres vecinos y amigos, «¡Qué niña más buena y cariñosa!; ¡qué suerte habéis tenido!» Sonia creció feliz de ser sensible, dulce y cariñosa, con unos padres orgullosos de que lo fuera y unos amigos encantados con ella, sin enemigos, rodeada de sonrisas y cariños que reforzaban, como premios, su forma de ser. Con ese talante, al principio se le hizo un poco duro irse de casa pero, acostumbrada a confiar en la vida, no tardó en decidirse y enseguida hizo amistades con otras dos chicas de la Residencia Universitaria en que vive, Carlota y Laura, y entre las tres se ha establecido un vínculo muy íntimo.
Para ellas es muy importante su amistad, pero para Carlota está siendo el descubrimiento de su vida porque viene de una familia muy difícil, con una madre intermitentemente ingresada en el psiquiátrico, que abusaba emocionalmente de ella y de su hermana pequeña haciéndolas responsables de su bienestar cuando estaba en casa y de su enfermedad durante los ingresos: además, el padre, alcohólico, había abusado también de las dos, sexualmente. De esas experiencias, dilatadas en el tiempo, la joven Carlota obtuvo dos enseñanzas: conoció tempranamente lo que era un orgasmo y aprendió que amar significa exprimir y dejarse exprimir. Se convirtió en una joven recelosa y atemorizada, no acostumbrada a que la quisiesen sin dañarla y, por tanto, cerrada al amor y a la confianza. Pero con la amistad de Laura y Sonia está empezando a paladear el lado dulce de la vida. Con ellas ha aprendido que el amor incondicional y bienintencionado existe, y en dos años ha pasado del recelo y el miedo, a la confianza y a la vida, al menos con ellas dos.
Las tres han aprobado Segundo y están muy emocionadas en Tercero de Veterinaria. En Teruel pasan mucho frío, pero una a otra se dan el calor que necesitan.
Este fin de semana, el sábado, ha sido el cumpleaños de Sonia. A Carlota, que es de Cuenca, se le ocurrió que podían celebrarlo en una casa que tienen allí sus padres. A Laura y Sonia les hizo mucha ilusión la idea. Así podrían conocer la ciudad y pasárselo en grande en una casa para ellas solas.
El viernes a mediodía perdieron la última clase y cogieron un tren a Cuenca. Llegaron al atardecer, dejaron las cosas, fueron a saludar a los padres de Carlota y salieron a la calle con la sana intención de no volver a casa hasta después de la salida del sol. No fue para tanto porque estaban muertas de toda la semana, y cuando a las cuatro de la madrugada les echaron de un local que iba a cerrar aprovecharon para irse a casa, no sin antes haber invitado a unos chicos para el sábado, a una comida-merienda-cena- y lo que se terciase. El sábado madrugaron par hacer la compra, buscar entre risas los condones y preparar la casa; y mientras estaban en el Súper, a Sonia le sonó el móvil: “Pirobiro-pirobiro-pirobiro”
– (Sonia) ¡Huy!, el politono de Raquel –dice mientras busca en un bolso permanentemente desordenado y demasiado lleno–. ¡Chicas, venid, que vais a conocer a otra vasca de la ETA! –ríe remedando la broma que le hacen en la Facultad−. ¡Hola, gatita! –dice risueña pulsando la pantalla– ¡Superguapi!, espera, que te dicen hola mis amigas.
– (Carlota y Laura) ¡Hola, Raquel!
– (Raquel) ¡Hola!…… Oye, Sonia, ¿dónde estás?
Sonia advierte un tono raro, que no sabe interpretar, pero que no se corresponde con la alegría que ella siente. Algo se le cruza en la garganta pero consigue responder:
– (Sonia) Pues… en Cuenca, estamos celebrando mi cumple en casa de Carlota… vinimos ayer, y…
– (Raquel) ¡Jo, tía!, es que Amaya y yo estamos aquí, en Teruel, delante de tu casa. Hemos venido a verte de sorpresa por tu cumple y un vecino nos ha dicho que te has ido. ¿Por qué no te vuelves y nos corremos la gran juerga?
Qué poco ruido hace el mundo cuando, sin previo aviso, se cae y se hace añicos, ¿verdad? Más bien produce silencio, un silencio frío y húmedo que partiendo de la columna vertebral inunda el alma de Sonia, un silencio sin puntos de referencia, un silencio que lo anega todo.
– (Raquel) ¡Anda, vente!
– (Sonia) Pero…
– (Raquel) ¡Venga! Hemos visto que hay un autobús a las once… ¿te sacamos un billete? ¡Que vengan también tus amigas y quemamos Teruel!
Sonia mira suplicante a sus dos amigas, que no saben qué está pasando, sólo ven su cara, repentinamente demudada, repentinamente blanca. El silencio también las invade. Ya no hay mundo, no hay ruido, no hay compras, no hay planes, no hay nada… sólo las tres amigas y el móvil… y el silencio.
− (Sonia) Es que… habéis venido así… sin avisar…
− (Raquel) ¡Claro! ¡Era una sorpresa! ¿O creías que porque estés en el culo del mundo nos íbamos a olvidar de tu cumple?
Sonia no dice nada, no consigue pensar, ni sentir… nada.
– (Raquel) ¡Joer, Sonia, tía! Nos ha costado un dineral venir aquí, y la pensión para la noche… y las horas de tren… y la ilusión que nos hacía darte la sorpresa, tía, que hace más de dos meses que no te vemos, y lo hemos preparado con muchas ganas… ¡y ahora venimos y no estás…!
Silencio.
– (Raquel) Y sólo podemos estar hasta mañana al mediodía porque el lunes hay clase y además Amaya entra a currar a las ocho…
– (Sonia) … es que…
Sonia se siente congelar.
– (Raquel) ¡Anda, no seas egoísta! Haz un poco de esfuerzo por tus amigas, ven… ¡venid!
Más silencio.
– (Raquel) Nosotras iríamos, pero es que ya llevamos un montón de horas de viaje, estamos baldadas, y ahora más horas de tren, más la espera… y, además, ¿cómo volvemos mañana a casa? Eso está en el culo del mundo. No sé ni dónde está Cuenca.
Por un fugaz instante que dura una eternidad, un rayo de luz entra en la mente de Sonia. Los argumentos la convencen y se da cuenta de que va a ir, de que quiere ir a donde sus amigas de siempre, ¡claro, por supuesto!, ella también está deseando verlas. ¡Son Raquel y Amaya! ¡Y han venido a verla, sólo a eso, a verla! ¡Claro que va a hacer ese esfuerzo, y cualquier esfuerzo que sea necesario! Pero antes, incluso, de que esos sentimientos se transformen en pensamientos y encuentren su camino hacia las palabras, percibe los ojos de Carlota y siente que no puede hacerle eso. Está en su casa, invitada por su cumpleaños; sabe lo importantes que son ellas para Carlota; la quieren… se quieren; están preparando una cena con chicos… no puede hacer eso.
Mientras tanto, Laura y Carlota le apremian para que les cuente lo que está pasando.
– (Sonia) Espera un poco, Raquel, ahora te llamo.
– (Raquel) Pero, oye, ¡no me cuelgues! … ¡Oye!
– (Sonia) ¡Que ahora te llamo, ahora te llamo!
Y cuelga. Clic. Y se lo cuenta, suplicante, a sus amigas de Facultad, que se quedan desoladas, sobre todo Carlota. Y Sonia desea en esos momentos que haya un Dios todopoderoso que venga y les devuelva la alegría a todas, también a Raquel y Amaya.
Carlota y Laura callan
– (Sonia) ¡¿Qué hago?!
Carlota baja la cabeza y, muy despacio, como quien está acostumbrada a que su existencia sea una sucesión de torturas y ha despertado de golpe de un sueño a la realidad fría y despiadada de una vida que nuevamente va a tirarla a la cuneta, musita:
– (Carlota) Pues… vete… si quieres irte…
Sonia siente en su cuerpo la decepción y la tristeza glaciales que se han apoderado de Carlota. Nota cómo dos garras igualmente fieras tiran de ella desde lados contrarios y comienzan a desgarrarle el alma. Por los dos lados se siente igualmente culpable, igualmente triste, igualmente cobarde, igualmente egoísta. Pero no puede hacer nada: se mueva hacia donde se mueva va a hacer daño y elija lo que elija se va a hacer daño.
Un abismo negro se abre ante ellas y notan cómo empiezan a precipitarse por él, a caer sin remedio, sin asidero al que agarrarse.
… … … …
El escrito acababa ahí. ¡No podía ser! ¿Qué pasaba al final? ¿Cómo se resolvía la situación? ¿Cuál de los cinco personajes era Alicia, la destinataria del escrito? Comprobé con avidez el sobre, pero no había más hojas. Entre desilusionada y culpable, pero viendo que no había nada más que pudiese hacer, me levanté y fui a ponerme el pijama y preparar la cena. Hoy cenaba sola. Casi mejor porque aquella historia… No conseguía quitármela de la cabeza; muy a mi pesar, porque después de un día de trabajo exigente no estaba para más problemas. Pero sentía que el relato estaba escarbando en algunas costras de mi propia alma y había conseguido enfrentarme de forma descarnada a mi propia concepción del amor, en este caso en su versión de amistad. Yo también −como todo el mundo, supongo− había vivido situaciones iguales o parecidas y podía ponerme sin dificultad en la piel de las cinco chicas, si bien, por esta vez, contenta de estar leyendo un relato, no padeciéndolo. Hoy me había salvado de la quema.
¡La vida! –pensé mientras cenaba en soledad−. ¡Cómo se nos complica! Podemos gritar «¿Por qué?» hasta desgañitarnos pero nunca hay nadie que atienda nuestro clamor, y quienes sí nos escuchan no tienen mejores respuestas que nosotros. ¿Por qué no son más fáciles las cosas? ¿Por qué Raquel y Amaya no llamaron antes de ir, previendo que algo así podía ocurrir?, ¡qué inconscientes! ¿Por qué Carlota estaba tan dañada y era tan frágil?, ¡qué lata!, ¿no?, ¡qué condicionamiento para los demás! ¿Por qué no habían sido todas maravillosas y habían reaccionado con ilusión y alborozo, las unas mostrándose contentas por poder conocer Cuenca y mandando a paseo su cansancio y las clases y el trabajo del lunes, y las otras estando deseosas de cancelar los planes conquenses por la alegría de integrarse con las amiguísimas de su amiga, de quienes tanto les había hablado?
Y Sonia ¿quién había decidido que quedase en medio de dos caballos que la despedazaban? «¡Escógeme a míííí!», «Noooo, ¡escógeme a míííí!» −le gritaban desde cada bando con todo derecho, con toda razón: para algo eran todas ellas buenas amigas. Ninguna de las cinco había decidido nada, ninguna de ellas lo había planeado. Simplemente había sucedido así y les había estallado en la cara… a ellas, que eran inocentes de todo y que se querían, que se querían de verdad.
¡Perra vida!
«Por algo será; no hay casualidades y si sucedió así fue porque algo tenían que aprender»… ese mantra moderno resonaba en mí, pretendiendo distraer la carga de profundidad que el relato había soltado en mi océano interior. Pero se me ocurrió que, al menos a veces, ese mantra sirve sólo para ocultar un sencillo «¡mierda!, no tengo ni idea». Claro que para alguna de ellas, o para todas, con paciencia y ayuda externa, esa situación podía haber sido un escenario de aprendizaje. Pero también pudo ocurrir –y, a la vista de la nota, creo que fue lo que sucedió− que ninguna de ellas supiese evitar el abismo, y que la situación derivase en una herida que supurase toda la vida, con lanzamiento de culpas al otro lado de la red y construcción de argumentaciones ¡clarísimas! que justificasen la posición propia y denostasen la contraria. Puede que, presas del odio, de la necesidad de venganza, de la doliente resignación o del llanto de impotencia, diesen al traste definitivamente con su sincera amistad. Porque sí, no tenemos motivos para dudar de que su amistad fuese sincera.
¿Qué busca la vida cuando nos pone en situaciones como esa? ¿Qué pintan en ella los callejones sin salida? Si tenemos herramientas y sabiduría para afrontarlos pueden acabar destilando algún aprendizaje. Pero ¿y si no los tenemos?, ¿qué pasa si las emociones son tan intensas que superan con creces nuestro entendimiento y nuestras fuerzas?, ¿cuál es la intención de la vida o de los dioses en ese caso?, ¿qué sentido tiene ponernos pruebas que no vamos a poder superar, de las que no vamos a poder aprender nada y que sólo nos van a arrasar la esperanza? Y ¿por qué los aprendizajes tienen que comportar dolor y hundirnos en la impotencia? ¿Qué hemos hecho los seres humanos para merecer esto?
En el caso de las chicas no se trataba de falta de comprensión. Raquel y Amaya comprendían perfectamente a Laura y Carlota, y éstas a aquéllas. Y todas ellas comprendían cabalmente a Sonia quien, a su vez las entendía a todas. Pero… No se trataba de un problema intelectivo ni de falta de empatía, pero ahí estaba, destrozando cinco ilusiones y, por lo visto, también unas amistades bien probadas.
¿Acaso los culpables somos nosotros, que no sabemos vivir, que hacemos algo mal, algo de lo que no nos damos cuenta y que nos sume en callejones sin salida?
Una vez acabada la cena, y sin fregar, me senté en la mesa de trabajo y empecé a trazar esquemas de posibilidades, como si se tratase de un problema de álgebra económica, para ver si yo misma me aclaraba. Hoy no iba a haber televisión: la serie que me tenía cautivada tendría que esperar.
Si no hubiese hecho daño a Laura y a Carlota, Sonia habría estado dispuesta a sacrificar las ganas que tenía del plan de Cuenca, coger el autobús y volver a Teruel, aunque cansada, para estar con sus amigas de la infancia unas pocas horas, porque las quería. Igualmente, si no hubiese hecho daño a Raquel y a Amaya habría estado dispuesta a sacrificar las ganas que tenía de celebrar su cumpleaños con ellas y se habría quedado con Laura y Carlota porque también las quería. Seguramente a ella le apetecía más un plan que el otro –no lo confiesa, pero es algo seguro− pero ¿qué importaba lo que ella desease?, ¿la amistad no es estar a las duras y a las maduras y sacrificarse por las amigas si es necesario? Sí, lo contrario es egoísmo: buscar siempre el propio “ji, ji, ja, ja”, caiga quien caiga, es egoísmo, no amor; y Sonia quería a sus amigas, a todas ellas, las quería de verdad, sin condiciones. Además, aunque hubiese decidido ser egoísta esta vez, no veía claro cuál era la senda del egoísmo en aquella situación: ninguno de los dos caminos era el que ella hubiese, egoístamente, deseado.
Podía haber tirado por la calle de en medio y haber dicho «A mi me apetece esto y eso es lo que voy a hacer. Si a alguien no le parece bien, es asunto suyo; que se lo revise». Le venía a la memoria el título de un libro que había visto una vez en casa de Amaya y que siempre le había inquietado, aunque muy, muy en el fondo: “Las chicas buenas van al cielo; las malas, a todas partes”. Pero ella no podía hacer eso, no se podía dejar seducir por pensamientos como ésos porque era Sonia, y las chicas dulces y cariñosas, las que saben amar con amor incondicional, que es lo verdaderamente valioso, no hacen eso. Y la vida le había ido muy bien siendo así. Pero… pero hoy, por primera vez en su vida, no sabe qué escoger para mantenerse siendo como suele y quiere ser. Podría decirles a Amaya y Raquel que por qué no han avisado antes de venir y que se atengan a las consecuencias…; pero eso sería echarles en cara que le hayan preparado una sorpresa con toda su ilusión y todo su amor. Y a Carlota podría decirle… ¡no, por Dios!, ¿qué podría decirle a Carlota, cuyo semblante de perro apaleado le estaba partiendo el alma?
Me hacía cargo de la difícil situación. ¿Qué iba a pasar?, ¿qué decisión iba a tomar Sonia, la Sonia real? ¿Seríais vosotros capaces de encontrar una salida si fueseis ella? Yo, desde luego… no sé…, pero encuentro que a menudo llamamos amor a algo que se parece inquietantemente al sacrificio, y no sé yo si así… No sé, me quedo sin palabras. Recuerdo una película que vi hace poco, que se titula “¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?”. Pues me da la sensación de que aquí ocurre algo parecido, ¿por qué lo llaman amor cuando quieren decir sacrificio? No sé, es sólo una idea, pero no estoy ahora para desarrollarla. Es ya muy tarde y estoy cansada.
… … …
¡Mira!, ¡qué casualidad!, se me está ocurriendo ahora otra idea un poco golfa… pero no, mejor no la digo porque me ha venido ahora mismo a la cabeza y no sé si pasa de ser una ocurrencia tonta que no va a hacer más que liar aún más la badana. Así que ¡hasta mañana!, a ver si la almohada…
¿Qué?, ¿que no os puedo dejar así? Pero, ¡hombre!, si sólo es una chanfainilla idiota que se me ha ocurrido ahora mismo y que no he reflexionado nada de nada.
¡Vale, vale!, ahí va. Pero que conste que no me hago responsable, ¿eh?
Pues mira, se me ha ocurrido pensar −¡qué bobada!− que cómo se habría desarrollado todo el asunto si en vez de con chicas hubiese sucedido con chicos, pongamos Dani, “Tronco“, Jokin, Kike y Diego. ¿Diferencias? Bueno… no me atrevería a presentar a Jokin –Sonia− como un chico bueno, dulce, amable y cariñoso, más que nada para no crear confusión −perdonad el toque homófobo, pero es que no siendo yo de la otra acera…−. Pero mira, ponedlo como queráis. Lo que sí es seguro –creo− es que en su infancia y adolescencia habría habido más videojuegos, deporte y pajas, y menos fotos, Messenger, menos Tuenti y menos transportes de amor, y que eso, tal vez, podría haber marcado una diferencia en la situación, que quizás no habría sido tan traumática. No sé si habría sido mejor, pero es lo que se me ha ocurrido.
En fin, ahí os dejo con la historia y la pregunta, que ya es muy tarde −¡Jesús, las dos!− y mañana me espera un día duro. A ver si podéis llegar a alguna conclusión y el hilo de la última pregunta os conduce a algo o es sólo una hebra suelta. ¡Felices sueños a vosotros también!